jueves, 24 de octubre de 2013

El año en que todo ocurrió. Buscadora

Aquel fue un año de gran trasiego, de búsqueda, de cambios y de hallazgos. En muchas conversaciones surge algo de aquel año. Al final he terminado llamándolo "el año en que todo ocurrió".

Mientras buscaba, conocí a Buscadora, mira por dónde al final parece que gran parte de las lesbianas nos pasamos la vida dando traspiés buscando eso que no llega, encontrando lo que parece ser y acaba no siendo. En definitiva, aprendiendo y desaprendiendo.

Nunca llegué a verla cara a cara y aún así sentí por ella una fuerte atracción. A ella le pasó lo mismo. Estuvimos varios días chateando, con un acuerdo tácito de no hablar de quiénes éramos, ni de dónde vivíamos ni decirnos nuestras edades ni ningún otro dato que nos identificara. Eran largas conversaciones placenteras de cualquier cosa, de la vida, de las miserias y la bondades del ser humano, de literatura, de cine, nos conmovimos con la misma música en la misma hamaca, bajo la misma luna. Luego, un día nos dijimos las edades. Bien, ella entraba en la gama que me parecía adecuada. Me dijo su nombre ¡caramba, se llamaba como la hasta entonces mejor pareja de mi vida! Y para hacer el pleno, trabajaba exactamente en lo mismo que yo. Entonces hubo intercambio de fotos, nombres, teléfonos y todas esas cosas que se hacen con frecuencia ya desde el primer día en que se chatea, es decir, hablamos de lo personal y de ahí a hablar de lo íntimo fue cuestión de pocos días más. ¡Me gustaba!

Compramos dos billetes de ida y vuelta para el siguiente mes y medio, ella para venir a verme, yo para ir a verla. En su turno, que era el primero, se compró una chaqueta roja y a mí me traía tabaco de liar, del que tanto me gustaba, y otros regalos que se quedaron en sorpresas futuras que nunca llegaron a materializarse. Entretanto, le tocó el turno para la inseminación artificial. Llevaba mucho tiempo en lista de espera. Pero dejó pasar la fecha. Me dijo que esperaría para que ese bebé pudiera ser nuestro y no solo suyo.

Poco antes de aquel día de septiembre en que conocí a Buscadora y también a Tina (de la que hablaré en otro momento), me llamó por teléfono Lamujer y me contó que quería quedarse embarazada porque "si no lo hago ahora, ya será demasiado tarde". Como ya digo, eso pasó antes de Buscadora y de Tina y a mí me subió algo del estómago al pecho cuando me habló de un futuro bebé. Me dio pena no poder ser la otra madre. ¿Y quién iba a ser? Ni se lo pregunté ni ella me lo contó, pero a alguna habría elegido ya porque no quería criar un hijo si no era en pareja. Sin embargo, el futurible bebé de Buscadora no me causó el mismo efecto. Me parecía obvio, por otra parte, porque ni siquiera la había visto todavía.

Una semana antes de su llegada le pedí a Buscadora que no viniera. Le expliqué por qué. Lloró y me maldijo largamente y solo supe de ella dos meses más tarde, cuando recibí por mi cumpleaños una maceta de preciosas orquídeas que aún me regala sus flores cada año. Años después la llamé por teléfono, le pregunté cómo estaba. Me dijo "bien, ¿y tú?" y le hablé de cómo estaba yo, que había empezado una etapa bonita de mi vida, que Tina estaba conmigo, y ella zanjó la conversación con un "y yo estoy felizmente casada, tengo que dejarte que tengo prisa", lo que me pareció una invitación a no llamarla más.Y así nunca más supimos la una de la otra.

viernes, 23 de agosto de 2013

Misterio sin resolver

Haría una hora que me había acostado y empezaba a entrar en un sueño profundo cuando escuché un golpe fuerte y seco muy cercano, como si una mesa se hubiese volcado. Casi al mismo tiempo el grito de un hombre y el de una mujer. El de la mujer muy largo, intenso. Los dos muy nítidos, potentes y cercanos. Después, el silencio más absoluto. Ella también lo escuchó todo. Las dos nos despertamos súbitamente y saltamos de la cama para mirar por la ventana -indiscreta-, porque los ruidos parecían haber salido de la ventana de enfrente, que estaba abierta, pero en aquella habitación solo había silencio y oscuridad, igual que en la de más arriba. ¿Lo has oído? -me preguntó- Dos gritos, el de un hombre y el de una mujer. Sí, y un golpe seco -afirmé yo. Pero, aunque parecía imposible, nadie más parecía haber escuchado nada. Ninguna ventana se abrió, ninguna luz se encendió. Al rato volvimos a la cama, aún presas del miedo. Nos quedamos en silencio porque esperábamos oír algo más, algún vecino desvelado por el ruido, algún comentario, alguna persiana que se abriera, pero solo escuchamos el ronquido lejano de alguien que dormía profundamente y, más lejos aún, el llanto de un bebé, sonidos normales de cualquier edificio a las tres de una madrugada de verano. Nos desvelamos, aún esperando que de un momento a otro apareciera la policía en el patio de entrada al edificio. Alguien habría tenido que oírlo aún más de cerca que nosotras. En cambio, nada ocurrió. Al misterio del golpe y los gritos le siguió el del silencio y a éste el de la normalidad de cualquier noche. La normalidad puede ser inquietante. Si hubiera estado sola habría pensado que se trató de una pesadilla, pero ella también lo oyó. ¿O es que tuvimos la misma pesadilla? No nos parece posible.

Amaneció el día y transcurrió la mañana en la serenidad de cualquier amanecer y cualquier mañana de cualquier día de verano. Sin embargo, aún sigo con la sensación de que algo más va a pasar, una explicación convincente de que lo de esta noche no ha sido una pesadilla compartida.

martes, 6 de agosto de 2013

Doce días de pasadoterapia

Cuando empezamos a subir aquella empinada cuesta polvorienta comenzó el regreso a los primeros años de mi infancia. Tú empujabas la carretilla llena a rebosar de todas las cosas que íbamos a necesitar en varios días. Yo era la mula que tiraba por delante con una cuerda. Mis zapatillas eran los cascos que se aferraban a la tierra del camino y a veces, cuando la pendiente era más abrupta y el terreno se hacía gravilla, resbalaban para luego aferrarse de nuevo en el filo de algún pedrusco. La luna llena nos alumbraba y el aire fresco nos daba aliento. De vez en cuando nos deteníamos a descansar y admirar la belleza de un pueblo pequeño que ya dormía, de un valle lleno de luces tenues y de sombras. Nuestras risas y palabras, las respiraciones entrecortadas y un millón de grillos eran la música de más allá de la medianoche. Allá arriba nos esperaba el refugio. Quién sabía cómo iba a estar, qué fauna y qué flora lo habría invadido en los meses en que había permanecido cerrado y solitario. La primera y última vez que lo visité tú estabas a mi lado. Fuiste tú quien abrió la puerta, quién me enseñó una a una las habitaciones de piedra y cal, expectante a mis reacciones, quien encendió la chimenea y quien me contó cómo María cogía las ascuas con los dedos. Y yo era quien echaba de menos un papel para escribir mis emociones, mi amor por ti y la historia de María. Era crudo invierno, no como ahora, hacía frío y las dos nos refugiamos en el calor de la lumbre y las palabras.

Cuando nuestra expedición de mula, carretilla y mulera llegó a la cima con la última carga de ropa y viandas, abriste la puerta y entramos en la cocina. Me pareció ver que algo saltaba al poyo desde el cajón de los cubiertos. Era algo tan veloz que ni siquiera estaba segura de su tamaño o de si habría sido una ilusión óptica. Por si acaso me puse bien lejos mientras tú trasteabas el cajón. Luego lo vimos correr hacia la parte de atrás del frigorífico. Era un ratón de campo, pequeño y gris, con los ojos redondos y negros que pestañeaban asustados. Nos hizo reír cuando al final escapó derrapando en el suelo al tomar la curva hacia la calle. Eran las dos de la madrugada y todavía podíamos sentir el fluir agitado de nuestra sangre al pasar por el cuello y los oídos. Estábamos cansadas pero éramos felices. A alguien se le habían torcido los planes.

video

El resto de los días me he ido sintiendo poco a poco rejuvenecer, a tu lado, con el sonido de los rebaños lejanos de ovejas, de las cigarras y los grillos, con el olor del romero y el tomillo, el de los rastrojos mojados por la lluvia de verano, el de la humedad de viejo muro encalado, con la sensación de polvo en la piel, con las ganas de saltar y corretear como aquella niña que fui. Estar en la cama debajo de las mantas y en contacto estrecho con tu cuerpo no ha sido un recuerdo pero sí una delicia más. Cada noche he escuchado contigo el silencio más absoluto, con ese zumbido leve que parece salir de los propios oídos, ese que es como la onda portadora de una radio que no emite o quizás es solo el sentir que la vida fluye dentro de nuestra piel. Los paseos justo antes de la caída de la noche por esos campos, los zorros, los búhos, las almendras que hemos robado, todavía verdes por fuera y con el fruto comestible ya, tierno y blanco, delicioso al paladar. Olores, sabores, sonidos, sensaciones... En mí se ha producido una síntesis de niña con toda una vida por delante y de mujer que pide y quiere más años, muchos, porque al igual que, cansada y con el corazón agitado, llegué contigo a todo lo alto, a ese refugio que es tuyo, siento que el agotamiento de la búsqueda me ha llevado a la cumbre de mis expectativas y mis deseos, que al fin te he podido encontrar. Y quiero descansar feliz en ti, así, contigo.

lunes, 8 de julio de 2013

No sé si...

... es que esta tarde de pronto tuviste un mal presentimiento o fue solo el temor a que el destino te vuelva a jugar una mala pasada. Preferiría que fuera lo segundo, porque le tengo más respeto a tus presentimientos que a tus temores.

De lo que no tengo ninguna duda es de cuánto me quieres.


lunes, 1 de julio de 2013

Algo extraño y mágico

Extraño con el resto del mundo, en cierto modo habitual con ella, mágico siempre.

Sucede a menudo cuando nos estamos abrazando, hablando o riendo por cualquier cosa o en silencio y, en un determinado momento, por puro azar, siempre de forma imprevista, mi frente y la suya están muy próximas y entonces, durante un instante, mi cerebro percibe una imagen muy nítida, o una sucesión de imágenes tan fugaces que pueden permanecer durante no más de uno o dos segundos. Esa aparición de imágenes viene acompañada de un pequeño chasquido que también se produce dentro del cerebro y yo sé con absoluta certeza que ha sido la captación de su pensamiento. Lo corrobora el hecho de que al mismo tiempo ella se queda quieta durante ese mismo instante, las dos nos miramos y nos ponemos a reír. Ha ocurrido. Se le ha escapado un pensamiento y ha notado, también con una especie de chasquido, que salía de su cerebro a través de la frente.

Indiscreta conexión, imprevista, mágica. Con frecuencia esas imágenes no tienen relación con lo que estábamos hablando o haciendo, o al menos no es una relación directa. Luego cuando lo hablamos comprobamos que los movimientos, sentimientos y colores que he percibido son los que ella, involuntariamente me ha enviado.

La conexión no siempre se produce estando cerca. A varios kilómetros, miles a veces, he sentido inquietud sin motivo. Si no es mía, sé que es suya, por alguna razón está nerviosa o preocupada. Antes o después todo me lo cuenta y entonces se confirma que tal día en tales horas, me estaba transmitiendo involuntariamente su inquietud.

Nunca antes con nadie había sentido esa conexión. ¿Será algo eléctrico? Algunas veces pienso que estamos viviendo el futuro de un pasado que no recordamos porque pertenece a otra vida. ¿O es solo amor desde el alma?

Pude pero no quise

La capacidad del ser humano para poder hacer no es ilimitada, pero los límites que sospechamos para nuestra resistencia se hacen más y más grandes a medida que se necesita ampliarlos. No creíamos que podríamos pasar tantas noches sin dormir para cuidar de un bebé o de un familiar enfermo, ni que podríamos resistir tantos días sin comer o sobrevivir sin ingresos. Cuando hace falta, echamos mano de una fuerza que no creíamos tener, y luego queda utilizar la reserva.

Habría podido, aunque habría tenido que hacer grandes sacrificios que no eran necesarios porque el esfuerzo me habría dejado bajo mínimos -nada me debilita más que ser incoherente con mis sentimientos- mientras que el objetivo nos habría perjudicado a las dos a corto, medio y largo plazo. Habría podido sin lugar a dudas, pero no quise.

lunes, 24 de junio de 2013

San Juan nuevo con tintes viejos


La noche del 23 de junio es de fuego, de agua y de magia. Aunque la de este año tuvo sus leves notas de deslucimiento, la magia la puso la improvisación, su cambio de planes de última hora y, cómo no, de nuevo una gran hoguera como la de febrero...y el agua y las ganas y la fe, y ese baño que nos dimos, y los globos de papel y hogueras pequeñas e inmensas y los fuegos artificiales y su cuerpo cerca -y su alma que fue y vino-. Lo que será difícil mejorar será aquella luna, la "superluna" que anoche completaba su ciclo y brillaba enorme, roja en el cielo. Y es que además de estar en su punto más cercano a la tierra, la de anoche estaba llena para adornar con su esplendor la magia de San Juan. Arrojamos a una hoguera ajena dos papeles con los escasos males de los que nos queríamos despojar, a falta de uno que se nos olvidó a las dos. Lo quemaremos el año que viene.

lunes, 17 de junio de 2013

Sobre lo lícito y lo ilícito

Para mí -otras personas no opinan lo mismo- no es lícita la insistencia en la conquista en según qué casos, ni en según qué casos es lícito aceptar con complacencia el cortejo. En según qué casos lo primero significa iniciar un juego peligroso, cuyas estrategias conoce la parte receptora. Lo segundo significa, a pesar del conocimiento, recoger el guante.

sábado, 15 de junio de 2013

Nada más hermoso

Anduve por mil labios buscando más que besos,
escalé casi a tientas las más altas montañas
y en el mar fui vertiendo en mis noches de insomnio
las cenizas calientes de perdidas batallas.

¿Qué tenías entonces? ¿Diez, doce años? Nunca te había visto, ni siquiera sabía que existieses, pero ya te andaba buscando. Mientras tanto, tú ya estabas librando tus propias batallas con tu corazón de niña. Luego te conocí, unos años después. Dices que hablamos algunas veces en aquel lugar de encuentro al que yo acudía con mi corazón y mis asuntos y tú con los tuyos. Yo no lo recuerdo, solo sé que nunca desde entonces olvidé tu cara ni tu nombre, yo que olvidé todas las caras y todos los nombres, aunque te recuerdo más baja que yo y sin embargo eras más alta. Luego he sabido que no era una cuestión de estatura. Era la inocencia de tu cara, tu pelo que parecía de seda, tu manera de sonreír, tu cuerpo menudo, tu piel suave de niña que tenía ante los ojos un mundo entero aún por descubrir. Por eso te seguí escribiendo sin sospechar que mis palabras eran para ti.

Eres la esencia misma de las cosas que quiero,
la chispa con que enciendo mis horas de nostalgia,
eres la brisa leve, el silencio, la furia, 
el fuego que me enciende, que me excita y me calma.

La esencia misma de las cosas que quiero... el núcleo, la verdad, la honestidad, la belleza, la fuerza, el fuego, la calma, la inteligencia... ese cerebro tuyo al que de tanto en tanto hay que echarle alfalfa... Amor, pasamos seguramente muchos momentos frente a frente, pero tampoco tú me reconociste. Teníamos que aprender todavía muchas cosas, tantas que nos llegaron a parecer demasiadas. Habíamos de librar un buen puñado de batallas. Tú las tuyas, yo las mías. Ganar, perder, llegar al borde de la locura y apostar por la cordura. Crecer cuerdamente, ver aflorar y proliferar las canas sin que se nos arrugara el corazón.

Tú y yo, piezas sin nombre, cambiaremos el mundo
cogidas de la mano en un juego sin trampas.

Hubo que esperar muchos años más para llegar al momento en el que supimos que nunca nuestro mundo había cambiado tanto en tan poco tiempo, mano con mano, piel con piel, alma con alma, limpiamente, sin estrategias ni subterfugios, sin hacer daño, con ilusión, con alegría, sin mentiras, con ternura, sin desconfianza. ¿Pero eso existía antes de que yo te reconociera? Alguna vez me pareció verlo en otras parejas, pero ¿sería real? Dudaba, porque hasta entonces en mis historias (y también en las tuyas, me cuentas) siempre hubo algún más y algún menos, alguna cuenta que no cuadraba. Sin embargo, en aquella poesía yo te decía "vaciaremos la noche de sueños imposibles". Mis noches se siguen vaciando. También las tuyas. Te quiero con el cuerpo y con toda mi alma tanto como tu cuerpo y tu alma me quieren a mí. Y aún nos quedan muchas noches y muchos días que vivir.

lunes, 10 de junio de 2013

Parálisis del sueño: sueños, realidad y orgasmos

The nightmare (1782) - Henry Fuseli
Ocurre durante la fase REM, cuando la actividad cerebral es alta, similar a la que se tiene en estado de vigilia, mientras que los músculos están completamente relajados. Los ojos se mueven rápidamente debajo de los párpados, los sueños y pesadillas son muy vívidos. Es durante ese período en el que se puede tener una fuerte excitación sexual, con todos los signos físicos de la misma -erección, alteración del ritmo respiratorio y cardíaco, lubricación vaginal...- hasta llegar en ocasiones al orgasmo independientemente del contenido de los sueños.

Una de las sensaciones más desagradables que pueden producirse en esta fase del sueño es la de tener consciencia de estar despierto o despierta y sin embargo no poder abrir los ojos ni moverse ni emitir sonido alguno. Se pueden mezclar en un instante la vigilia y el sueño: Estoy despierta pero soñando a la vez, y paralizada. Los sueños son muy nítidos, podemos oír con claridad sonidos que no son más que creación onírica, como el de arrastrar objetos, abrir y cerrar puertas o lo que los personajes del sueño dicen o nos hacen: podemos notar que nos tocan, nos hacen cosquillas, se nos suben encima, nos amenazan, nos acarician, nos sujetan o nos golpean. Podemos llegar a tener tanto miedo que necesitamos despertar, somos conscientes del lugar en que nos encontramos, de cómo es nuestra habitación, del punto de donde proceden los ruidos o sonidos que escuchamos, podemos sentir claramente el contacto con esa o esas personas que nuestro sueño ha inventado y queremos espantarlos, abrir los ojos, levantarnos de la cama, gritar... pero nos damos cuenta de que es imposible porque nuestro cuerpo está paralizado. Esa mezcla entre lo real -de lo que tenemos plena consciencia- y de lo onírico -que nos resulta tan real como la realidad misma- unido al hecho de no poder mover ningún músculo ni emitir ningún sonido, resulta muy angustiosa. Y es esa inquietud la que puede hacer que nos despertemos y por fin podamos abrir los ojos y movernos, todavía presas de un estado general de agitación.

En el caso de la excitación sexual en la fase REM, si se llega al punto del orgasmo, es en ese momento en el que despertaremos, sin recordar la mayor parte de las veces el contenido del sueño, que imaginamos erótico pero que no tiene por qué serlo. Ese orgasmo llega sin movimiento alguno del cuerpo, sin contraer ningún músculo, y puede no ser tan agradable como lo es un orgasmo en vigilia precisamente por esa incapacidad del cuerpo para expresar el placer como jadear, acariciarse o apretar los muslos. Son orgasmos intensos pero en ellos no interviene la contracción involuntaria de los músculos que rodean la vagina, el ano o el perineo, con lo que llegan a su máxima cota de placer sin la fase de retroceso placentero que estas contracciones producen, que alivian y relajan.

miércoles, 5 de junio de 2013

Inquieta

Sin que aparentemente existen motivos, ando inquieta desde hace unos días. La cama termina cada mañana como un campo de batalla, de modo que no solo estoy inquieta durante la vigilia sino también durante el sueño. Me asusta esta inquietud, porque tengo la sensación de que algo desagradable está a punto de ocurrir o ya ha ocurrido sin que haya tenido conocimiento. Me pica la piel, estoy distraída cuando me hablan, tengo mal humor, me muerdo las uñas y voy aplazando sin alguna razón más que mi abulia unos cuantos trámites necesarios para las vacaciones. No me apetece recibir visitas ni hablar con nadie ni salir de casa. De repente me siento marchita. Mi cabeza repite con-tac-to, con-tac-to, ¿con tacto? ¿contacto? Puede que sea la clave, tendré que averiguarlo. Hace mucho tiempo que no me detengo a meditar, creo que lo necesito.

jueves, 30 de mayo de 2013

Tener clase

Tener clase no implica necesariamente llevar ropa cara ni saber utilizar los cubiertos o sentarse con el cuerpo erguido. Tampoco hay que ser de izquierdas o de derechas ni tener mucho dinero o haber terminado una carrera, ni siquiera con matrícula de honor. Amén de otras muchas características de las personas con clase, tal vez las que más me atraen son la discreción, el que sea digna de confianza, que sepa a quién no debe buscar en determinados momentos y qué palabras ha de callarse.

martes, 28 de mayo de 2013

Amor

Qué palabra más sencilla, cuántas veces mal utilizada... tan desgastada que seguramente si alguien leyera el título de este post pasaría por alto su lectura. Por usar una sola palabra como título, mucho más atractivas resultarían odio, rabia o desamor. Esos conceptos los entendemos, los conocemos en propia carne, son reales: iríamos a leer buscando eso que nos está pasando, que nos pasó o que tememos que nos ocurra. Pero el concepto amor no vende, estamos cansados y cansadas del amor -igual que de la felicidad- como concepto vacío, como un punto inalcanzable, utópico, una leyenda, un cuento de viejas, un dulce en un escaparate de cristal blindado.

Esto no es un bote de caramelos,
es amor.
Pasamos media vida o la vida entera tocándolo con la punta de los dedos. Si lo sentimos, lo alojamos en el alma junto al miedo, amigos inseparables los dos. Y razones no faltan para que vayan de la mano. ¿Cuántas veces sentiste que no querías tanto como te querían a ti o a la inversa? ¿Cuántas veces no viste que aquella historia tenía los días contados? ¿Cuántas veces quisiste creer en el amor y recibiste un zas en toda la boca? ¿Cuántas veces dejaste de creer en él y maldijiste todos los cuentos, novelas y películas que te hicieron creer que existía? Sensiblerías, oíste decir y te dijiste. De hecho las novelas románticas son cuentos de viejas, no venden... y no venden porque nadie se las cree. Por supuesto que hablo del amor de pareja.

He hecho recuento y diagnóstico de mis amores: En el primero acabé desenamorándome por desgaste, en el segundo me abandonaron cuando me moría de amor, en  el tercero por no creer en el amor que me daban salí corriendo, en el cuarto... en el quinto... ¿Cuántas veces sentí que había correspondencia en intensidad y calidad entre el recibido y el dado? Ninguna. ¿Cuántas veces tuve razones para apostar por una historia, creer en ella y despojarme del miedo? Una, que resultó un espejismo. El amor siempre nació con alguna carencia y de ella se acabó muriendo: carencia de equilibrio, de madurez, de confianza, de intensidad, de pasión, de deseo, de compromiso o de respeto, por mi parte o por la otra. Así que acabé renegando de él y me conformé con recibir y alguna vez dar migajas, placebos de amor.

Artículos que he encontrado al respecto:
  •  No creo en el amor. Todamujeresbella.com. ¿Esperanzador? "Amanecer cautiva de amor" acaba llevándote a buscarlo en la amistad, la familia y las cosas cotidianas.

Pues bien, con la misma contundencia que ayer lo negaba, hoy confirmo la existencia del amor real, intenso, correspondido, equilibrado, apasionado, tranquilo, comprometido, sincero, tierno, fuerte, maduro y niño a la vez, fresco, vivo, muy vivo, un amor con cimientos y horizontes, ese que no está casado con el miedo. Me comprometo a no manchar con mi dolor esa evidencia si algún día se acaba muriendo... y es que aún no he podido verificar -por falta de tiempo- que ese amor pueda durar lo que dure la vida.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Siete camas, dos con rajas

La primera de siete
En 30 días he dormido en:

7 camas,

6 edificios,

4 ciudades,

2 países.

De todas las camas, me quedo con las cuatro grandes, compartidas, mucho mejores las dos con el colchón en una sola pieza. Las que lo tienen dividido son muy aparentes, las ves y piensas: cuatro metros cuadrados para dormir con ella al hilo o en diagonal, para rodar a lo largo o a lo ancho, cuánto campo para la batalla... Pero ¡ojo! en poco rato  te das cuenta de que en realidad hay dos camas, una para ti y otra para ella.  Te pones en la tuya, se pone en la suya. Estáis tan cerca que podéis tocaros. Entonces una de las dos pasa a la parcela de la otra una parte más amplia de su cuerpo hasta que nota que se le clavan los bordes de los dos colchones en las costillas, en los senos, en el hombro... y decide pasar el cuerpo entero. Las dos bocas se besan, los cuerpos se abrazan, arriba, abajo, desde un lado, desde el otro, del derecho y del revés... hasta que se pierde la noción de la superficie ocupada y una de las dos cae en la trampa: la raja se abre y se come una pierna o el codo o el brazo o una cadera  o las dos o se traga a la mujer entera ¿dónde está? Encajonada entre colchones y apoyada en el somier,  o en el suelo, profundamente inaccesible.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Hogar al fin y al cabo

Donde haya lumbre y vino tengo mi hogar, decía Serrat. Para mí es un poco diferente. Ni siquiera hace falta el vino, y la lumbre se puede sustituir incluso por un secador de pelo que me caliente los pies fríos al meterme en la cama. Tengo mi hogar dondequiera que me toque estar, que tenga cuatro paredes, un techo, una cama o similar y una puerta que pueda cerrarse. En el último mes mi hogar ha sido una habitación grande con una cama pequeña que tenía las patas algo inestables, un armario, una cajonera alta, una mesita de noche y una silla. Para hacerlo más acogedor puse sobre la cajonera una maceta y un osito de peluche enano que encontré por allí. Mi hogar tenía un balcón grande desde donde podía ver el amanecer. En ese hogar he leído, he escrito, he soñado y he dormido.

Hoy mi hogar es mucho más pequeño, pero tiene más mobiliario, dónde va a parar. Hasta una tele tengo allí arriba, pegando al techo alto de palacio del XIX. ¡Cuánto tiempo hacía que no veía un televisor! Simpático este sitio, acogedor, limpio, silencioso y con una ventanuco desde donde se ve una palmera. No sé hacia qué punto del horizonte mira mi ventana. Ya lo descubriré mañana cuando salga el sol. Y todo en medio de un barrio donde no conviene salir desde el anochecer hasta el amanecer. ¿Alguien quiere salir? Nadie responde. Claro, estoy yo sola y no saldría ahora ni aunque me encontrase en el centro de París, porque quiero disfrutar de este silencio, de la seguridad de que nadie llamará a mi puerta, de mi soledad. Bendita soledad, la necesitaba.

Antes de que anocheciera, y recordando que hoy no he comido nada desde el tercer desayuno, he salido a comprar algo y 'algo' he comprado, porque no sé muy bien lo que es excepto el muslo de pollo rebozado. Una especie de torta de harina rellena de cebolla y otra rellena de carne picada. También una botella grande de agua. Por aquí las personas que pasan son tostadas, tienen aspecto hindú, unos vistiendo a la manera occidental y otros con sus hábitos largos, las manos sucias y el rostro cansado o aburrido. En las aceras y en el asfalto se acumulan papeles, plásticos y botellas vacías. He vuelto enseguida y me he encerrado. Dormiré esta noche, no como las últimas cuatro noches, porque hoy no tendré que salir a espantar con cara de ogro a aquellos chavales borrachos que hacían sonar el timbre a cualquier hora preguntando si necesitábamos machos.

Unos días-colchón, una cuarentena para asimilar lo vivido. Ya voy, ya voy. Con ganas.

domingo, 28 de abril de 2013

Arenilla en los ojos

Creí que había dado una viejada, término que se utiliza en mi tierra cuando alguien envejece de repente.  Esto lo pensaba porque en el último mes mis párpados superiores se están adueñando demasiado de un terreno que no les pertenece, caídos y pesados sobre mis ojos. Como mi abuelo, como mi padre, pero ¿podría ser poco a poco? Y este sueño a todas horas que pica en los ojos como arenilla...

Anoche me llevaron a la capital. Preciosa y bulliciosa, llena de terrazas y locales de ocio repletos de gente. Entonces lo supe, cuando las siete personas que estaban conmigo se quejaban de tener arena en los ojos, igual que yo. Luego me hicieron ver que también la teníamos en la piel. ¿Es arena que transporta el siroco? No. Es ceniza del volcán, me dijeron.

Hoy el viento ha cesado. Ahora es una brisa agradable. Estoy sentada en la terraza de mi habitación con el portátil sobre mis rodillas. La ceniza no se ve sobre el teclado pero rueda bajo la yema de mis dedos. Por la ventana abierta de un edificio a un centenar de metros sale el Stand by me, de Ben E. King. Me pican los ojos, pero no es sueño. Mis párpados están hinchados, pero no es que me haya hecho vieja de repente. Es la ceniza del volcán.


Desde enero de 2013 progresivamente va ganando actividad.
En abril empieza a ser espectacular.

viernes, 26 de abril de 2013

Igualdad en receso

Se ha dado un salto generacional hacia atrás en cuestión de igualdad de la mujer. Los pasos que se fueron dando en mi generación y posteriormente, se han desandado. Cuento con una muestra reducida pero significativa de chicos y chicas de edades comprendidas entre los 17 y los 24 años en los que hay una parte activa -que se manifiesta- y una parte pasiva -que calla, y quien calla otorga o al menos no plantea oposición-. Los chicos pertenecen a la parte pasiva, algunas chicas también. Está claro que a ellos no les conviene hablar, ya que son los protegidos de las chicas, los que se ven eximidos por algún arte de birlibirloque que no comprendo de las tareas domésticas cotidianas y quienes tienen patente de corso para salir de conquista y aplausos por la victoria, en tanto que a ojos de algunas, las otras que no cumplen con sus tareas asignadas o que conquistan a algún chico, obtienen no solo beligerancia sino calificativos bastante desagradables.

Me pregunto por las madres, esas en cuya generación se hicieron avances en materia de igualdad de los que se están beneficiando. ¿A qué se han dedicado durante la cría y educación de sus hijos e hijas? ¿Solamente a disfrutar de los derechos adquiridos? ¿No los han transmitido por desidia, por exceso de celo maternal o por ignorancia? ¿Creían que era una batalla ganada? ¿Les parecía mejor el viejo modelo? Un tema tan frágil y todavía en mantillas, no se habría debido tomar tan a la ligera. A la vista está cuáles son los resultados: un retroceso que me hace recordar tiempos muy lejanos. Me pregunto hacia dónde vamos y cuándo se empezará a ir hacia delante otra vez.

miércoles, 24 de abril de 2013

Como un bebé

Es la cercanía del mar. Aunque no pueda olerlo, aunque desde mi ventana solo veo montañas de azul grisáceo oscuro, tejados, la torre de una iglesia y la cúpula de una basílica, aunque me quisieran engañar contándome que estoy en una ciudad del interior, yo sabría que el mar no está lejos, solo porque duermo como un bebé.

Esta familia no es la mía, ni esta casa, y sin embargo, si no fuera por el siroco que azota la ciudad por segunda vez en menos de un mes, diría que esta tierra es mi tierra, así que no puedo hablar propiamente de destierro.

Todas las noches cierro los ojos y me duermo sin dar ni media vuelta. Tampoco es que la anchura de la cama permita muchas aventuras. Y todas las mañanas, entre las 7 y las 8,  me despierta el ladrido del mismo perro. Puedo adivinar que a esas horas el dueño o los dueños se van a trabajar y lo confinan en el balcón. Luego su ladrido se entremezcla con el ruido de los coches que empiezan a circular por la calle y ya me pasa inadvertido. Me pongo en pie, levanto la persiana, salgo al balcón y recibo los rayos de ese sol que ya lleva un buen trecho andado, no como en mi verdadera casa, allí el sol madruga menos.

Mi casa, la verdadera. La añoro, con su olor a casa mía, a gente mía. Con sus ruidos peculiares de buena mañana: el agua de la ducha en el otro baño, luego un secador de pelo, el graznido de ese pájaro tropical que nunca he visto, el canto de un par de canarios que compiten o se comunican, el de los gorriones, que en este tiempo y a esas horas son una mezcla de piar de polluelos y de madre que los alimenta... Mi ropa, mi colchón, mi almohada, unas manos en mis mejillas y un beso en los labios, el ruido de la cafetera, el olor a café, a cola-cao y a tostadas, mi refugio, mi fortaleza, mi hogar... que lo único de malo que tiene es que el mar no está cercano y a veces me visita el insomnio... ¿Alguna vez fui mujer de mar? ¿En otra vida? Me encanta pensar que hubo otras vidas antes que esta. Me divierto contándomelas.

Y me eché a dormir

Fueron tantas veces las que me pareció reconocerla en aquella que se paraba frente a mí... pero bastaban unos días para darme cuenta de mi error, ese lunar era pintado y se borraba con las primeras caricias. Caricias fueron, al fin y al cabo, y placer, que no todo lo bueno de la vida se ha de llamar Ella ni se ha de llamar Amor. Había que jugar, pues, la partida que nos tocaba.

Yo no, yo no me paré nunca ante nadie excepto una vez y ella no me reconoció, sería que no era yo. Tanto da que no fuera ella como que no fuera yo. Me di cuenta de que de nada había servido buscarla sin criterios o con ellos, de incógnito o con un clavel en la solapa, en el bar de la esquina o en las antípodas... Si había de venir, lo haría por su propio pie sin ser llamada. En cualquier lugar del mundo estará, me dije, y entre partida y partida, me echaba a dormir, como esa mañana en que ella me despertó.

martes, 23 de abril de 2013

Ya no quiero aprender más del amor

Dicen algunas religiones y filosofías que todo lo que nos trae la vida es para que aprendamos y que cuando perdemos algo tenemos que darnos por satisfechos porque también eso es un aprendizaje: la puerta que se cerró y las que se abrirán por haberse esa cerrado. No sé si esas teorías invitan al conformismo o a la resignación. Lo único que sé, por si sirve como alegato, es que en cuestiones de amor no he dejado pasar la vida en balde. 

Viví mucho y amé tanto como viví. Abandoné no obstante. Perdí también sin haberlo deseado. Amé y me amaron. Herí y me hirieron. Conocí el sabor del hastío y el de la derrota, el de la paz y el de la violencia... y otros: del deseo, de la apatía, de la decepción, de la belleza, de la fealdad, de la frustración, de la victoria, de la mujer, del hombre, de la risa, del llanto, del abandono, del placer, de las relaciones tan cortas que solo duraron una noche y un día, de las que sumaron lustros, de las intermedias, hermosas y menos... Solo falta una lección y no la quiero. No la necesito porque a fuerza de temerla ya la aprendí. Ya lo he aprendido todo del amor y aquí me planto. Ojalá tampoco ella tenga más que aprender. Y entonces, que la vida nos deje hacer el resto del camino libremente juntas y con las mochilas ligeras.

domingo, 21 de abril de 2013

Y, sin embargo, ella se fue

Lloré, me sumergí en ese estado lamentable de quien pierde el horizonte, ese que veíamos juntas desde hacía años. Sin ella había que buscar otros, seguramente existían pero aún no podía verlos y lo que no consigues ver no existe si no haces un acto de fe. Pasé meses de angustia en los que busqué paliativos que me hicieran más fácil el duelo. A veces funcionan, como esa vez.

Después de que pasara la pena, me deshice de los paliativos y seguí la búsqueda. Cuántos años buscando, cuántos tesoros hallados por el camino que tomé por buenos y por míos sin serlo del todo, como Elsa. Y cuánta miseria también. Desterrados unos, desterrada de otros. ¿Y qué? No hay que desesperar. Hay quien encuentra pronto y quién acaba haciendo de la búsqueda un oficio, como es mi caso. Miraba el mapa mundi e imaginaba millones de puntos microscópicos que eran seres humanos. Hombres y mujeres. No, hombres no, solo mujeres. Mi tesoro ha de tener aspecto de mujer, cuerpo de mujer, piel de mujer, alma de mujer... Pero ¿en qué continente estará? ¿Qué tendré que hacer para hallarla? Quién sabe, quizás un día en algún aeropuerto me la encuentre... porque no va a darse el milagro de tenerla aquí al lado, difícil, imposible.

Se había ido tiempo atrás y me había dejado lo mejor que tenía: su cariño por mí, inmenso como el mío por ella. Y seguimos siendo las mejores cómplices y las mejores amigas. Se llevó su presencia cotidiana y su sexo y me di cuenta de que ninguna de las dos cosas era indispensable. Y ya no la eché de menos Y recordé que nunca había estado enamorada de ella ni ella de mí. Y recordé cómo era estar enamorada. Y dudé de si tenía edad para que eso volviera a ocurrirme. Y me eché a dormir...

viernes, 12 de abril de 2013

Sin miedo

Tan lejanas y sin embargo tan alcance de la mirada, están ellas, mis propias palabras, tan olvidadas algunas, tan sinceras y tan mías todas, con la autenticidad que emana de quien escribe sin miedo porque  así es como vive.

Elsa estaba conmigo. A vista de pájaro sobre aquellos años, reconozco no haberme enamorado de ella según el esquema clásico. No me daba un vuelco el corazón cuando nos encontrábamos al principio de conocernos ni tenía ansiedad por encontrarla ni padecía de ese irracional miedo a perderla. Tampoco sentía por ella una atracción sexual desbordante. Todo era muy suave y tranquilo desde el principio. Divertido siempre, seguro siempre. Pocas veces dudé de que pasaríamos el resto de nuestra vida juntas, y cuando las dudas asomaban la naricilla, la aplastante realidad les daba un puntapie. Quién me iba a decir por entonces que un día lloraría amargamente su pérdida. Pienso qué ilógico es este pensamiento que acabo de escribir. Era una relación ideal, basada en la confianza, en un cariño inmenso, en la comprensión y en la perfecta comunicación. ¿Por qué no iba a llorar su pérdida? ¿Sólo porque no me había enamorado de ella con esos ingredientes que todo enamoramiento conlleva? Ella tampoco se enamoró así de mí. Fuimos una pareja felizmente no enamorada y si tuviera que decir qué fue lo que llenó de vida y de alegría aquella relación, sin duda alguna se trató de la ausencia de miedo... algo tan simple y tan importante.